lunes, 22 de enero de 2018

Un reptil de hierro y agua


En julio de este año se conmemora el primer siglo del inicio de las obras de la línea ferroviaria entre Ponferrada y Villablino, un reptil de hierro y agua que guarda la memoria de la historia industrial del Bierzo durante el siglo XX.
Tras una tramitación vertiginosa para los ritmos habitualmente pausados de la administración, su propia construcción, en las más adversas de las circunstancias y en el tiempo récord de un año, supone el inicio del aire legendario de Far West que siempre rodeó a este camino férreo.
Los que todavía pudimos viajar en el tren de pasajeros que hasta 1980 comunicó los pueblos del Sil, guardamos aquella experiencia en la caja dedicada a los recuerdos más hermosos. Eran una aventura aquellas dos horas largas de recorrido para los poco más de sesenta kilómetros que separaban Ponferrada de Villablino en el asiento de madera de un vagón de tercera, masticando la carbonilla y el humo, atravesando estaciones y apeaderos que conducían a un ignoto Macondo minero, cruzando túneles y puentes que jugaban al escondite con el padre Sil, la auténtica Calle Mayor de esta comarca o lo que quiera usted que sea este territorio que le debe todo al sufrido río de las arenas de oro, eje vertebrador del relieve berciano: hondo, profundo y oscuro.
El tormentoso final de la “empresa modelo” MSP, el reparto de sus despojos y lo que vino después forma parte del catálogo de despropósitos que, espero (bendita ingenuidad), los historiadores futuros sean capaces de desentrañar con todos sus pormenores políticos, económicos y financieros. El ferrocarril dejó viajeros y mercancías pero siguió transportando carbón a la central de Compostilla hasta hace unos pocos años, después de importantes inversiones públicas para beneficio privado.
Desde entonces, el debate sobre el destino del cadáver ferroviario se ha convertido en un ejemplo perfecto de lo que mejor sabemos hacer por estos pagos, que es practicar el cinegético, muy antiguo y poco noble arte de marear la perdiz.
Como es el turismo el gran mantra salvador de las economías en los territorios venidos a menos, el vocerío señaló el fin ineludible para el desocupado Ponfeblino: un tren destinado al ocio vacacional en el que los visitantes experimentarían el placer de recorrer el valle del Sil en un auténtico tren a vapor. Una idea que nunca ha pasado de boceto, que carece de plan de viabilidad y que nadie es capaz de decir ni quién la va a hacer ni cuánto puede costar. Una de esas ideas estupendas para sacar a pasear en campaña, usar de pimpampum político o montar consorcios, comisiones y mesas de trabajo, con dietas de asistencia, a ser posible.
Mientras tanto, el centenario reptil de hierro, sus atractivas instalaciones y sus complejos equipamientos, están expuestos al más cruel de los abandonos. Esta semana hemos sabido que han sido robados unos cuantos metros de raíl, trabajosa y premeditadamente cortados, entre Cubillos y Toreno. No serán los últimos robos. Tampoco son los primeros: estaciones y locomotoras han sido saqueadas, la maquinaria valiosa ha sido desvalijada, tramos de vía han sido levantados o están siendo literalmente devorados por la naturaleza.
Otro desastre para una tierra en la que la calamidad se ha instalado como costumbre.

Como las vacas al tren. El Día de León (20, enero, 2018)

domingo, 24 de diciembre de 2017

La provincia a medias

 
Volví de León hace unos días con “La vida a medias” en el bolso. Conocía los dos anteriores volúmenes de los diarios de Avelino Fierro y no pude resistir la tentación al ver la tercera entrega en el escaparate de una librería.
En Ciudad del Puente la librería bien dotada, con fondo abundante, estanterías para el devaneo y preñadas de ejemplares pidiendo manoseo, es un tipo de establecimiento en retroceso, no sabemos si por contagio con la marchita tónica general del comercio, por falta de lectores, o por ambas cosas. Por eso, cuando salimos del pueblo, sentimos ante una librería el impulso del caminante sediento que encuentra un oasis en el desierto.

Avelino Fierro es -ignoramos en que orden- fiscal, diestro dibujante, lector atento y notable escritor de diarios. Como el género me interesa, con el libro recién adquirido en la mano el regreso en tren desde León se hizo corto. Eso tiene su mérito: el centenar de kilómetros que separan la capital de la provincia de la capital del Bierzo es un viaje en el tiempo que te invita a la elucubración sobre las habilidades de los ingenieros del siglo XIX.

Se terminó de imprimir el volumen, dice una nota final, bajo la advocación de unos versos de Charles Simic. Esa es advocación que merece respeto en el santoral laico de los lectores de poesía. En el diario de Fierro sale mucho literato y mucha literatura, bastantes pintores y pintura y sale, sobre todo, una ciudad con su provincianismo justo, un paisaje urbano aún cómplice con la naturaleza y los estorninos y un tiempo “que calla y huye”.

Como la velocidad del tren al cruzar el Manzanal es la misma que experimentó Alfonso XII cuando inauguró la línea, me dio por divagar, que es tarea imposible en el vértigo de los ferrocarriles modernos, más diseñados para el negocio que para la meditación.

Esa barrera física en el centro de nuestro mapa que simboliza el túnel del lazo separa con rigor excesivo, más allá de lo geográfico, una provincia extensa, hueca, desconchada y con relaciones interiores un tanto endogámicas y escasamente permeables.

No intenten, por ejemplo, buscar ninguno de los tres volúmenes de los diarios de Avelino Fierro en una librería de Ponferrada. Jamás el autor ha presentando en Ciudad del Puente sus libros. Y como él, la mayor parte de los excelentes poetas o narradores que viven en la capital.

Nadie recuerda la última vez que un premio Cervantes como Antonio Gamoneda participó en un acto en el segundo municipio de la provincia. Exactamente igual ocurre a la inversa. A este lado del Manzanal hay un puñado de excelentes escritores que raramente tienen oportunidad de presentar su obra en la capital.

No es sólo la literatura. Ni es sólo la palurda rivalidad ya un tanto cansina entre León y Ponferrada, diseñada para alimentar pasiones en los campos de fútbol y engrosar la caja de los fabricantes de banderas. Esta provincia necesita (re)conocerse en su amplia complejidad. Necesita coser relaciones y complicidades, sumar afectos y cordialidades; incrementar lazos y sumar esfuerzos.

Que Avelino Fierro lea sus diarios en Toreno y Fermín López Costero sus cuentos en Boñar. Tal vez así deje de ser una provincia a medias.



Como las vacas al tren. El Día de León (23, diciembre, 2017)

domingo, 10 de diciembre de 2017

Elogio sentimental de mi calle

Avenida de la Puebla, Ponferrada. Años 50?
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Mi calle debió ser desde siempre camino. Por ella ha pasado gente antes incluso de que la calle y la propia ciudad existieran.
Mi calle es la consecuencia geométrica de un puente que ordenó construir hace siglos un obispo para que los caminantes europeos pudieran visitar la tumba de un disidente decapitado sobre cuyo sepulcro se levantó una catedral.
En mi calle hubo un lazareto para enfermos pobres y una iglesia en la que se produjo un milagro. Del lazareto no queda ni rastro y en el solar de la iglesia se levantó el edificio más feo del noroeste peninsular donde, en la prehistoria de la telefonía, se iba a esperar conferencias. Apenas un mal lienzo se conserva del milagro.
Cuando el humo de los trenes que bajaban de Villablino cargados de dinero estiró Ciudad del Puente hacia el oeste, mi calle empezó a desperezarse y a vivir su época de esplendor.
Mi calle tuvo entonces una churrería para noctívagos que frecuentaban los Max Estrella de provincias; una fonda para huérfanas de posguerra atraídas por el olor de la prosperidad; un hotel donde bebía güisqui y dibujaba canales Juan Benet y farmacias con rebotica donde se pudieran haber organizado tertulias poéticas si en la ciudad del dólar no hubiera estado mal visto escribir versos.
Mi calle era el eje de la ciudad que crecía, y crecía, y crecía..., que se llenaba de obreros con acentos extraños, empleados de bata blanca y modesta clase media. En sus cercanías se anunció vino nuevo con bandera blanca, se practicaron viejos oficios hebraicos y se vendieron herramientas de cuero para aquellas tareas agrícolas que se resistían a morir frente al impulso industrial y de servicios. 
Desde las traseras de sus viviendas se divisaba una envidiable cartografía hortícola que enrojecía en agosto al ritmo de la maduración de los pimientos. Sólo el nombre queda de aquellas huertas. Y un conjunto escultórico manifiestamente olvidable.
En mi calle se levantaron arquitecturas modernistas a las que nadie ha prestado nunca la menor atención. La prosperidad desviaba su atractivo hacia un bullicio de comerciantes, de almacenes cargados de mercancía y de clientes de confianza que compraban pantalones de tergal a crédito, hilos de colores imposibles y aparatos de radio fabricados en Holanda.
A mi calle le pusieron después de la guerra el nombre reservado por los vencedores para las mejores avenidas. Con los cambios en el callejero de la democracia se identificó la calle con el barrio. Le plantaron magnolios y le cambiaron baldosas poco antes de que empezara la epidemia que ha ido consumiendo en los últimos años el tejido comercial del centro de las ciudades. 
Una plaga que ha sido especialmente cruel en Ciudad del Puente y que ha dejado en mi calle un temprano panorama de escaparates con caries, rótulos herniados y portales con halitosis, que ha ido contagiando a todo el trazado urbano que rodea la Plaza de Lazúrtegui.
Los pocos comerciantes que quedan en mi calle no se resignan a la catástrofe. Armados de escoba y fregona, han limpiado el polvo de los escaparates vacíos y organizado una exposición callejera que se abrirá con fiesta el próximo día 15. Van a intentar que, al menos en Navidad, mi calle tenga un poco de la calle que fue.

Como las vacas al tren. El Día de León. 9, diciembre, 2017

domingo, 26 de noviembre de 2017

Un gesto contra el mal

Por su abundancia, variedad temática, rigor y facilidad de acceso, Washington D. C. es el paraíso para los amantes de los museos. Se pueden encontrar en ellos valiosas colecciones de pintura y atractivas muestras antropológicas, científicas o divulgativas. Pero si ahora mismo me pidieran que recordara una pieza de todos ellos intentaría explicar ese rincón en el que se amontonan unos miles de viejos zapatos, apilados tras una vitrina, en el Museo del Holocausto.
Lo escribo y vuelve el olor a cuero muerto de aquellos zapatos. Y aparecen las personas que caminaron y bailaron con aquellos zapatos pobres, o elegantes, o meramente prácticos. 
Los muertos descalzos convertidos en humo. Las lágrimas de esa joven que mira el cúmulo de zapatos tras el vidrio. El doloroso silencio de los adolescentes que atraviesan la estancia. 
El breve poema que ilustra este rincón en memoria de la catástrofe: “Somos los zapatos. Somos los últimos testigos. Somos zapatos de nietos y abuelos desde Praga, París y Amsterdam. Y porque solo estamos hechos de tela y cuero y no de sangre y carne, cada uno de nosotros evitó el fuego del infierno”. Apenas cinco líneas de Moshe Schulstein, un poeta yiddish que sobrevivió al Holocausto, bastan para acercarse al abismo de lo inexplicable.
Nunca he estado en Auschwitz. Creo que nunca visitaré el memorial del campo donde se concentró el mal en estado puro. Pero recuerdan los que han estado que los lugares más impactantes no son las salas de gaseado, la pared donde se fusilaba, los hornos o la puerta de acceso al campo con la tristemente famosa frase “Arbeit Macht Frei “(El trabajo os hará libres). Unánimemente recuerdan el impacto que les causó las salas acristaladas donde se amontonan los objetos recopilados de los prisioneros: maletas, peines o los montones de pelo humano.
El pasado jueves, la Plaza del Ayuntamiento de Ciudad del Puente amaneció alfombrada con zapatos teñidos de rojo. Era una acción poética de largo recorrido que inició la arquitecta y artista visual mexicana Elina Chauvet en Ciudad Juárez, el Auschwitz de la violencia machista, en 1999, tras el asesinato de su hermana a manos del marido.
Desde entonces, los zapatos rojos han viajado por decenas de ciudades de América y Europa. En cada población, la colección aumenta y los ciudadanos dejan sus zapatos y sus mensajes, creciendo así la memoria colectiva, la evocación, la marcha silenciosa de las víctimas.
Son manchas de sangre sobre los adoquines. Son gritos mudos frente al atavismo machista que se resiste a reconocer que el siglo XXI será de la mujer o no será. Es el rastro trágico del que toma como objeto a la mujer y la consume como otra posesión más del Black Friday mental en el que chapoteamos.
Es un recuerdo, amplificado de ciudad en ciudad, de crímenes simiescos con frecuentes y muy graves complicidades en el entorno de la víctima y de esos miserables verdugos chulescos que se alimentan del miedo y del dolor ajeno.
Los zapatos rojos sobre los adoquines de la plaza me trajeron el olor a cuero muerto de aquellos zapatos del Museo del Holocausto de Washington. Es el poder del símbolo. La capacidad de evocación del objeto. El poder de un gesto contra el mal.

Como las vacas al tren. El Día de León (25, noviembre, 2017)

domingo, 12 de noviembre de 2017

La provincia interior


Entre febrero y abril de 1843 se publican en el periódico El Sol un puñado de artículos firmados por un joven llamado Enrique Gil y Carrasco. Los titula "Bosquejo de un viaje a una provincia del interior". Ahí empieza todo.
El imaginario que, para bien y para mal, ha pesado sobre el Bierzo en los últimos dos siglos arranca en este relato entre lo apasionado y lo erudito de un poeta villafranquino que se había ido a la capital mucho antes de que Baroja recomendara a los mozos con vocación de escritor que se fueran a Madrid a ponerse en la cola.
Siguiendo sus pasos, algún regeneracionista de principios del XX lanzó su mirada crítica sobre este pedazo de tierra pegado al Sil. Es el caso de Castaño Posse en "Una excursión por las Médulas", todo un tratado sobre la agónica situación de la comarca y su incapacidad para sacar provecho de sus recursos, que parece escrito ayer por la tarde.
El juego metafórico de Gil hizo fortuna años después, cuando fue recuperado en "Viaje a una provincia interior" por Raúl Guerra Garrido, vasco madrileño de origen berciano que ha buceado en la memoria de su juventud cacabelense como frecuente materia proteica de su obra.
Después, Valentín Carrera, el último romántico de esta comarca ensimismada, metió a Gil en su mochila para "El viaje del Vierzo" y "Viaje al interior por la provincia del Bierzo", dos títulos iniciáticos para los que quieran conocer esta tierra sin necesidad de envolverse en banderas o exaltaciones patrioteras.
De Gil, de Raúl y de Valentín hay huellas en el "Viaje a una provincia invisible", un libro reciente de Alfonso Fernández Manso, que juega con la ventaja de ver nuestra tierra con la limpieza en los ojos del que no ha nacido en ella, sin más ataduras sentimentales que su enamoramiento, libre del exceso de confianza del que la conoce demasiado.
Alfonso nos ayuda a entender esta provincia interior que busca su lugar al sol de los boletines oficiales sin acabar de reponerse de la pérdida del monocultivo carbonífero-energético que, hora es ya de empezar a reconocerlo, tanto daño le ha hecho al territorio.
Alfonso aporta un mapa para encontrar nuestro camino a un futuro de economía circular, sostenible y saludable, frente a la cuadratura minera en la que hemos reposado nuestras cabezas el último siglo, ignorantes de que el principal beneficio de la minería nunca queda en el territorio minero. Un camino cargado de incógnitas pero imprescindible para salir del marasmo asfixiante que nos rodea.
Sabemos que apostar por una agricultura de calidad supone enfrentarse a la escasa profesionalización del sector, a un minifundismo atroz de la propiedad y al envejecimiento demográfico. Sabemos que necesitamos un turismo no intrusivo, que mire más a la calidad que a la cantidad, selecto, no masificado y menos estacional. Sabemos que la cultura puede generar empleo y por eso necesitamos más teatros, más bibliotecas, más espacios culturales, pero también más librerías, más galerías de arte, más pequeñas iniciativas empresariales y asociaciones con clara conciencia del sentido asociativo y sus posibilidades.
Alfonso, Enrique, Raúl, Valentín. Nombres para entender esta pobre y digna provincia interior.

Como las vacas al tren. El Día de León (11, noviembre, 2017)

domingo, 29 de octubre de 2017

Los que dicen no



Están por un lado lo que dicen sí. Aplauden bovinamente al líder. Se dejan el dedo en el teclado poniendo “megustas” y retuiteando ocurrentes consignas. Merodean en torno a cualquier núcleo de poder presente o pendiente, calculando la ocasión propicia para sentarse a la mesa.
Luego está la gran masa flemática a la que se le aplica la norma que usaba frecuentemente con su gracia golferas Juan Luis Galiardo: “al amigo, el culo; al enemigo por culo y al indiferente la legislación vigente”.
Y quedan después unos pocos que dicen no. No los profesionales del no. No los del “de qué se trata, que me opongo”, que abundan y estorban más que ayudan. Es otro tipo de no.
Recordaba semanas atrás mi admirado Eduardo Aguirre una inquietante secuencia de “Cabaret” en la que se ejemplifica a estos seres de los que hablo, con el talento del maestro Fosse, en un par de minutos de celuloide. 
En ella, el libertino aristócrata que acepta como mal menor la violencia nazi contra los comunistas en el Berlín de los años treinta, disfruta de la plácida campiña alemana con el estudiante británico que, junto a la alocada bailarina que interpreta Liza Minelli, protagonizan la película.
Un seráfico adolescente entona con la voz limpia de la juventud una bellísima canción que habla de ciervos que corren libres, de soles cayendo sobre la pradera y de hijos que esperan la llamada de la patria. “El mañana me pertenece”, repite el vibrante estribillo. 
El joven viste el uniforme pardo decorado con la esvástica. Todos los clientes de la taberna acaban cantando a coro, de pie, con entusiasmo creciente, salvo un anciano que permanece sentado, mohíno y cabizbajo. Lo que empezó como melodioso canto acaba como terrible amenaza. “¿Sigues creyendo que les pararéis los pies?” pregunta el estudiante al noble alemán. 
El anciano es de los que dicen no. Hay que tener mucho valor para contradecir a la masa enfebrecida.
Otro ejemplo, del mismo momento histórico, es el de August Landmesser. Su foto ha circulado mucho por la red. Es el único que se cruza de brazos en medio de una multitud de obreros alemanes haciendo el saludo nazi en una escena captada en los astilleros de Hamburgo. 
Había que tener mucho valor para no levantar el brazo en la Alemania de 1936. El mismo que para afiliarse a un sindicato de clase en la España de los sesenta, mantener relaciones homosexuales en la Cuba castrista o ponerse delante de una columna de tanques durante las protestas de la Plaza de Tiananmén.
En el lamentable clima de derrumbe político en el que nos movemos abundan los que han hecho de decir sí su carrera. Son mayoría en los lugares donde se toman las grandes decisiones. Han aprovechando con éxito el hueco que van dejando las personas válidas, razonables, honradas y competentes, que han huido de la actividad política, asqueados por la sumisión, la mediocridad y la mezquindad que rodea su práctica.
Por eso estamos en este cruce de caminos hacia ninguna parte. Por la incapacidad de izquierda y derecha de articular discursos, de captar a los mejores, de organizar estrategias de comunidad. Por el ensimismamiento de los que llevan toda la vida diciendo sí y la voluntaria marginación de los capaces. Por no buscar a los que dicen no.
Miren a su alrededor. Localicen a esa gente que dice no. Nos hacen falta.


Como las vacas al tren. El Día de León (28, octubre, 2017)

viernes, 20 de octubre de 2017

Premios Diálogo 2017. Fundación Jesús Pereda

Buenas noches.
Vengo del Noroeste. Un territorio geográfico, literario y mental.
Vengo de León. Una provincia levítica –antaño próspera; hoy agotada, envejecida y marchita– que cuenta peregrinos y comercia con griales de plástico y disfraces medievales para ir tirando.
Vengo del Bierzo. Una comarca física, económica y socialmente calcinada. Literalmente incinerada.
Vengo de Ponferrada. Un lugar que fue propicio para lo inaudito y hoy mendiga un puesto en la mesa vacía del porvenir.
Vengo del Noroeste. Soy un habitante de los suburbios del Estado.
Estoy en Valladolid: la capital de una comunidad autónoma periférica, bradicardiaca y afónica.
Trabajo en un teatro municipal. En un espacio en el que con recursos económicos y humanos muy limitados ofrecemos una programación escénica de calidad y estable que se ha mantenido en estos últimos años de crisis con resultados más que dignos.
Trabajo en un teatro público. Y el concepto "público" ha formado parte de nuestro ideario desde su apertura, hace 21 años. Reclamar esa idea del servicio público incluye estar convencido de que no se pueden concebir los derechos de ciudadanía en el siglo XXI sin contar entre ellos el del acceso a la cultura. 
"Es triste vivir en una época en la que hay que luchar por las cosas evidentes", nos dijo Friedrich Dürrenmatt.
Trabajo en un teatro público que en estas dos décadas ha tenido muy presente el mandato de Federico García Lorca de "enseñar las cosas que no queremos ver, gritando las verdades que no queremos oír".
Trabajo en un teatro público en el que intentamos poner orden en el caos, siempre conscientes de que nuestra misión es imposible pero recordando el consejo de Juan Mayorga: "el teatro no puede cambiar el mundo pero los que lo hacemos debemos trabajar como si lo creyéramos"
Desde mi lugar en un teatro público he contemplado con desasosiego el panorama de externalizaciones sin control o de privatizaciones en condiciones discutibles de muchos servicios y espacios culturales de mi comunidad.
He visto cómo nos hemos ido adaptando a la precarización como norma, a la vez que hemos ido perdiendo músculo profesional artístico y técnico.
He advertido cómo la fragilidad se ha instalado en la médula espinal del sector escénico, cómo se han evaporado muchos principios que creíamos sólidos, cómo los discursos de la conformidad han ocupados los boletines oficiales.
He comprobado como los débiles diques de contención contra la injerencia política más patosa se han roto y hoy ocupan puestos de responsabilidad gentes que ignoran cual es la muy digna e imprescindible misión de la política. También de la política cultural.
"Qué tiempos serán los que vivimos que hay que defender lo obvio" nos dijo Bertolt Brecht.

Quiero expresar mi enorme y sincero agradecimiento al Ateneo Cultural Jesús Pereda y al jurado de estos Premios Diálogo 2017.
Quiero dar infinitas gracias por poder compartir el premio con gente y grupos a los que admiro y aprecio: Eliseo Parra, la Asociación Literaria Café Compás y la Asociación Cultural Civitas Animación Teatral.
Quiero que me permitáis compartir este premio en primer lugar con todo el extraordinario equipo humano del Teatro Bergidum y con los cerca de 800.000 espectadores que han aceptado en este tiempo en Ponferrada participar en el milagro del hecho escénico.
También con mis compañeros del área municipal de cultura Maica de Prado y Javier García Bueso, porque las fatigas compartidas con ellos son menos fatigosas.
Lo comparto con todos mis colegas de este oficio hermoso, sufrido y complejo que, por todos los rincones de esta comunidad y de este país, llevan a cabo de forma silenciosa, profesional y sacrificada una enorme labor tras el telón.
Y, por último, muy especialmente, lo comparto con los programadores del grupo de giras de Castilla y León que hemos sido capaces de generar complicidades y hemos intentando remendar las redes apolilladas por el desinterés y la rutina: Senador, de León; Celia, de Benavente; Pilar, de Palencia; Julia, de Aranda; Fernando, de Miranda; Piti, de Soria; Marco, de Segovia; Eduardo, de Medina y Juan, de Laguna.
Nos vemos en los teatros. Muchas gracias

Fundación Jesús Pereda. Recepción de los Premios Diálogo 2017 a la Promoción de la Cultura Local. Valladolid, 19 octubre 2017