sábado, 6 de agosto de 2016

La ciudades invisiles


Foto de Diane Arbus
Lo describe magistral Italo Calvino en “Las ciudades invisibles”. A veces “ciudades diferentes se suceden sobre el mismo suelo y bajo el mismo nombre, nacen y mueren sin haberse conocido, incomunicables entre sí. En ocasiones hasta los nombres de los habitantes permanecen iguales, y el acento de las voces, e incluso las facciones”.

Hace unas semanas, la bandera arcoiris ondeó en los balcones institucionales de Ciudad del Puente. Fue un gesto reivindicativo que se sube a la ola imparable dispuesta a limpiar los abundantes restos de homofobia que contaminan aún nuestro tiempo. Una ola que busca normalizar la diferencia, barrer atavismos reaccionarios y comportamientos de un integrismo incompatible con sociedades mínimamente saludables.

Y la bandera multicolor me llevó a otro tiempo y a otra ciudad. A una ciudad “sobre el mismo suelo y bajo el mismo nombre”, más fea, tal vez más rica, inevitablemente más sentimental: los lugares de la memoria habitan siempre los espacios contradictorios de la emoción.

Era aquella, hace cuarenta años, una ciudad de galanes de piscifactoría, legionarios de opereta bufa y avezados aprendices de macarra que acabaron temprano la carrera con un diploma breve en la sección de necrológicas después de enamorar a mujeres altas, bellas e inteligentes que se habían llamado Manolo.

Por lugares oscuros donde cabalgaba sobre su voz Janis Joplin aparecía a veces “La Susi”. Maquillaje, bolso, tacones y un andar que gravitaba sobre pechos recientes, imperfectos, turbadores. Indiferente a su condición de objeto risible para el hastío provinciano, valiente en su provocadora libertad frente a un pueblo que aún mostraba marcas de cadenas, inconsciente quizá de la luz que su presencia aportaba a la sucia oscuridad del momento. “La Susi” iba por la vida como los “freaks" que retrató Diane Arbus en el Nueva York de los cincuenta: sin temer lo que podría pasarle porque ya le había pasado.

“La Susi”, cronopio marginal en tierra de famas biempensantes antes que supiéramos de Cortázar e ignorantes aún de que se pudiera dar la vuelta al día en ochenta mundos, sufrió vejaciones, palizas y humillaciones. Ninguna justicia la amparó. No hubo titulares, ni comunicados, ni adhesiones. No había entonces días de orgullo ni cabalgatas festivas. Ni de lejos una tela arcoiris en el balcón consistorial en aquella ciudad invisible que era ésta en otro tiempo.

El Día de León (24, julio, 2016)

No hay comentarios:

Publicar un comentario