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domingo, 24 de diciembre de 2017

La provincia a medias

 
Volví de León hace unos días con “La vida a medias” en el bolso. Conocía los dos anteriores volúmenes de los diarios de Avelino Fierro y no pude resistir la tentación al ver la tercera entrega en el escaparate de una librería.
En Ciudad del Puente la librería bien dotada, con fondo abundante, estanterías para el devaneo y preñadas de ejemplares pidiendo manoseo, es un tipo de establecimiento en retroceso, no sabemos si por contagio con la marchita tónica general del comercio, por falta de lectores, o por ambas cosas. Por eso, cuando salimos del pueblo, sentimos ante una librería el impulso del caminante sediento que encuentra un oasis en el desierto.

Avelino Fierro es -ignoramos en que orden- fiscal, diestro dibujante, lector atento y notable escritor de diarios. Como el género me interesa, con el libro recién adquirido en la mano el regreso en tren desde León se hizo corto. Eso tiene su mérito: el centenar de kilómetros que separan la capital de la provincia de la capital del Bierzo es un viaje en el tiempo que te invita a la elucubración sobre las habilidades de los ingenieros del siglo XIX.

Se terminó de imprimir el volumen, dice una nota final, bajo la advocación de unos versos de Charles Simic. Esa es advocación que merece respeto en el santoral laico de los lectores de poesía. En el diario de Fierro sale mucho literato y mucha literatura, bastantes pintores y pintura y sale, sobre todo, una ciudad con su provincianismo justo, un paisaje urbano aún cómplice con la naturaleza y los estorninos y un tiempo “que calla y huye”.

Como la velocidad del tren al cruzar el Manzanal es la misma que experimentó Alfonso XII cuando inauguró la línea, me dio por divagar, que es tarea imposible en el vértigo de los ferrocarriles modernos, más diseñados para el negocio que para la meditación.

Esa barrera física en el centro de nuestro mapa que simboliza el túnel del lazo separa con rigor excesivo, más allá de lo geográfico, una provincia extensa, hueca, desconchada y con relaciones interiores un tanto endogámicas y escasamente permeables.

No intenten, por ejemplo, buscar ninguno de los tres volúmenes de los diarios de Avelino Fierro en una librería de Ponferrada. Jamás el autor ha presentando en Ciudad del Puente sus libros. Y como él, la mayor parte de los excelentes poetas o narradores que viven en la capital.

Nadie recuerda la última vez que un premio Cervantes como Antonio Gamoneda participó en un acto en el segundo municipio de la provincia. Exactamente igual ocurre a la inversa. A este lado del Manzanal hay un puñado de excelentes escritores que raramente tienen oportunidad de presentar su obra en la capital.

No es sólo la literatura. Ni es sólo la palurda rivalidad ya un tanto cansina entre León y Ponferrada, diseñada para alimentar pasiones en los campos de fútbol y engrosar la caja de los fabricantes de banderas. Esta provincia necesita (re)conocerse en su amplia complejidad. Necesita coser relaciones y complicidades, sumar afectos y cordialidades; incrementar lazos y sumar esfuerzos.

Que Avelino Fierro lea sus diarios en Toreno y Fermín López Costero sus cuentos en Boñar. Tal vez así deje de ser una provincia a medias.



Como las vacas al tren. El Día de León (23, diciembre, 2017)

domingo, 12 de noviembre de 2017

La provincia interior


Entre febrero y abril de 1843 se publican en el periódico El Sol un puñado de artículos firmados por un joven llamado Enrique Gil y Carrasco. Los titula "Bosquejo de un viaje a una provincia del interior". Ahí empieza todo.
El imaginario que, para bien y para mal, ha pesado sobre el Bierzo en los últimos dos siglos arranca en este relato entre lo apasionado y lo erudito de un poeta villafranquino que se había ido a la capital mucho antes de que Baroja recomendara a los mozos con vocación de escritor que se fueran a Madrid a ponerse en la cola.
Siguiendo sus pasos, algún regeneracionista de principios del XX lanzó su mirada crítica sobre este pedazo de tierra pegado al Sil. Es el caso de Castaño Posse en "Una excursión por las Médulas", todo un tratado sobre la agónica situación de la comarca y su incapacidad para sacar provecho de sus recursos, que parece escrito ayer por la tarde.
El juego metafórico de Gil hizo fortuna años después, cuando fue recuperado en "Viaje a una provincia interior" por Raúl Guerra Garrido, vasco madrileño de origen berciano que ha buceado en la memoria de su juventud cacabelense como frecuente materia proteica de su obra.
Después, Valentín Carrera, el último romántico de esta comarca ensimismada, metió a Gil en su mochila para "El viaje del Vierzo" y "Viaje al interior por la provincia del Bierzo", dos títulos iniciáticos para los que quieran conocer esta tierra sin necesidad de envolverse en banderas o exaltaciones patrioteras.
De Gil, de Raúl y de Valentín hay huellas en el "Viaje a una provincia invisible", un libro reciente de Alfonso Fernández Manso, que juega con la ventaja de ver nuestra tierra con la limpieza en los ojos del que no ha nacido en ella, sin más ataduras sentimentales que su enamoramiento, libre del exceso de confianza del que la conoce demasiado.
Alfonso nos ayuda a entender esta provincia interior que busca su lugar al sol de los boletines oficiales sin acabar de reponerse de la pérdida del monocultivo carbonífero-energético que, hora es ya de empezar a reconocerlo, tanto daño le ha hecho al territorio.
Alfonso aporta un mapa para encontrar nuestro camino a un futuro de economía circular, sostenible y saludable, frente a la cuadratura minera en la que hemos reposado nuestras cabezas el último siglo, ignorantes de que el principal beneficio de la minería nunca queda en el territorio minero. Un camino cargado de incógnitas pero imprescindible para salir del marasmo asfixiante que nos rodea.
Sabemos que apostar por una agricultura de calidad supone enfrentarse a la escasa profesionalización del sector, a un minifundismo atroz de la propiedad y al envejecimiento demográfico. Sabemos que necesitamos un turismo no intrusivo, que mire más a la calidad que a la cantidad, selecto, no masificado y menos estacional. Sabemos que la cultura puede generar empleo y por eso necesitamos más teatros, más bibliotecas, más espacios culturales, pero también más librerías, más galerías de arte, más pequeñas iniciativas empresariales y asociaciones con clara conciencia del sentido asociativo y sus posibilidades.
Alfonso, Enrique, Raúl, Valentín. Nombres para entender esta pobre y digna provincia interior.

Como las vacas al tren. El Día de León (11, noviembre, 2017)

lunes, 9 de enero de 2017

Un país que nunca fue

Foto Ramiro (Diario de León)
Uno de los libros más bendecidos por crítica y público en 2016 ha sido “La España vacía”, subtitulado “Viaje por un país que nunca fue”. El autor es Sergio del Molino, un periodista que no llega a la cuarentena y que había publicado un puñado de novelas bien acogidas que no conozco.
Del Molino escribe sobre la España deshabitada, sobre un amplio espacio que ocupa más de la mitad del territorio nacional pero que apenas acoge al 16% de la población total del país, un porcentaje que cae por debajo del 10% si se elimina de ese mapa a las capitales de provincia, islas urbanas que han ido fagocitando la circundante población rural desde hace medio siglo.
Bajo la apariencia de ensayo, el libro es un estremecedor recorrido sobre las relaciones entre dos zonas de un país que no se miran. O que no se entienden. Dos mundos contrapuestos atrapados en la misma cartografía.
La España vacía: ese mar de tierra como metáfora de un espacio que los del 98 descubrieron andando, covencidos como estaban de que el patriotismo se hacía con los pies. 
La España vacía: el lugar por el que Giner de los Ríos suspiraba mientras esperaba el día en el que el país estuviera a la altura de su paisaje. 
La España vacía: un territorio al que no le queda más que pasado.
El libro de Sergio del Molino habla de lugares como como esta provincia nuestra, que llegó a rozar los 600.000 habitantes antes del “Gran Trauma” que supuso el éxodo rural iniciado a mediados del siglo pasado y que ha perdido más de cien mil vecinos en los últimos cincuenta años.
Habla del Bierzo, una zona que ha borrado de sus estadísticas desde el inicio de la crisis a más de nueve mil habitantes, cuyos índices de natalidad caen irremediablemente mientras los de mortalidad no paran de incrementarse, cuya pirámide de población se estrecha por la base y se amplía en los tramos de mayor edad y donde ni siquiera en el entorno más competitivo de la A6 son capaces las poblaciones más dinámicas de mantener el censo en positivo. 
Ponferrada abre el año con 350 vecinos menos. En el último trienio, ha perdido 2.000 habitantes. Lo más probable es que 2017 se cierre por debajo de la barrera sicológica de los 66.000 habitantes. 
La demografía se ha usado esta semana como arma arrojadiza contra el gobierno municipal en ayuntamientos como Bembibre: juegos florales para robar un titular. El problema es mucho más complejo y supera las pobres y agotadas fronteras de la política local. Es un problema del país que nunca fue. De la España vacía.

COMO LAS VACAS AL TREN. El Día de León (8, enero, 2017)

lunes, 17 de octubre de 2016

El abandono que funciona

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Foto de Ana Barredo (Diario de León) del incendio en Médulas el pasado mes de agosto
En la última entrega de los siempre jugosos dietarios de Andrés Trapiello se relata con bastante sorna la visita a una pequeña ciudad del sureste peninsular. Una levítica y decadente población provinciana con el paisaje y paisanaje habitual de los territorios de interior, anclados, fuera de los cambios formales, en la España de la Restauración.
El escritor leonés visita el edificio machadiano del casino, guiado por un portero filósofo que va disculpado las carencias de centro y cantando loas a su pasado esplendor. Al despedirse, deja una perla: “esto es sólo abandono pero por lo demás funciona perfectamente”.
Me vino a la cabeza hace unos días la reflexión recogida por Trapiello, recorriendo sendas poco transitadas de Las Médulas, el paraje más singular del noroeste y la que debiera ser joya de la corona del patrimonio y del turismo regional.
De la izquierda de la carretera que une Carucedo con el pueblo de Médulas parte una senda con traza de camino carretal que algún día comunicó el valle con Orellán. Con dificultades por la falta de desbroce aún puede utilizarse para llegar a la poco conocida zona de La Frisga, explotada por los romanos, dicen los que de esto saben, no mediante el "ruina montium" sino con el sistema de surcos convergentes.
Por aquí pasan muy pocos de los miles de visitantes que deambulan renqueantes entre castaños hasta la Cuevona o suben resoplando al Mirador de Orellán para señalar con el índice un paisaje herido por las cicatrices de las modernas canteras. Y casi es mejor que no pasen.
Este verano, un incendio afectó a la zona. Quemó cerca de 21 hectáreas de monte bajo y alcanzó a algún soto de castaños y plantas jóvenes de roble y encina. Nada grave para la ya saturada estadística incendiaria. Un drama para un paraje declarado Patrimonio de la Humanidad, que no ocurre por primera vez.
El paisaje enseña ahora las heridas. El suelo deja ver sus carnes rojizas tiznadas de hollín y restos quemados de brezo. Han brotado los primeros helechos. La visión duele.
Es un domingo soleado de otoño. Hay autobuses y decenas de despreocupados visitantes que curiosean sin acabar de entender lo que ven: el de Médulas es un espacio muy complejo como para ser aprehender en un vistazo superficial. Pero el mecanismo rutinario marcha. Como en el casino de Trapiello, aparte del abandono, todo lo demás funciona perfectamente.

COMO LAS VACAS AL TREN. El Día de León (16 octubre 2016)

jueves, 25 de agosto de 2016

Ataúdes bajo la cama

El pozo de las Ollas donde, dicen, se bañaban los monjes cada 30 de febrero
Casimiro Martinferre es un berciano sensible, curioso y andarín que ha desarrollado la capacidad de mirar, una cualidad que no es exactamente sinónima a la de ver. Cazador de relámpagos, intérprete de signos rocosos, explorador de senderos ocultos por la maleza, Casimiro lleva años haciendo su propia cartografía de esta Comarca Circular, tan castigada por el conformismo de visionarios acríticos que hipotecan nuestro porvenir.
Usa una cámara analógica, que es como decir prehistórica, y se encierra en el cuarto oscuro con la paciencia del gitano Melquiades, descifrando los pergaminos de luz que ha escrito en ácidos y sales de plata.
Hace un par de años publicó una pequeña joya en forma de libro titulado “Manuscrito de los brujos”. Era el resumen de muchas jornadas perdido por lugares como los vericuetos del cañón que el río Primout ha excavado entre Pardamaza y Librán, registrando pinturas rupestres que yacen en madrigueras perdidas donde nuestros remotos antepasados jugaron a entender el misterio de la vida.
Recientemente ha sacado “Territorio”, otro volumen que combina instantes congelados en el blanco y negro donde se conservan los recuerdos con sugerentes apuntes más próximos a la geografía afectiva que a la fisiografía.
Fue en la presentación de “Territorio” donde Martinferre contó su visita a Poibueno, a principios de los ochenta. Poibueno es un puñado de viviendas en torno a una iglesia en ruina que tuvo pasado monástico, en la umbría al pie de un arroyo con vocación de río que forma en las cercanías un pozo profundo y misterioso donde, dicen, se bañaban los monjes cada 30 de febrero.
Tiene hoy algún habitante joven, como Matavenero, su aldea vecina en la solana, modelo singular y conocido de vida alternativa. Cuando lo visitó Casimiro, hacía poco tiempo que los últimos vecinos del pueblo habían buscando mejor vida, o más cómoda al menos, lejos del valle.
Las viviendas, contó, tenían intactas sus puertas y ventanas, ajenas aún a la rapiña del hombre y a la voracidad de los inviernos. Los muebles y los objetos cotidianos seguían en su lugar, como si sus propietarios hubieran salido esa misma mañana con intención de regresar pronto.
Debajo de la cama se guardaban los ataúdes. Llegado el momento, los servicios funerarios tenían muy complicado el acceso al pueblo, comunicado por sendas que ni a carretales llegaban, y conviene ser previsores.

COMO LAS VACAS AL TREN (El Día de León, 21, agosto, 2016)

viernes, 17 de junio de 2016

Tres días con un yanqui


He compartido tres intensos días con un yanqui. Un señor amable, educado y sonriente, como esos yanquis, medio artistas, medio intelectuales, que salen en las películas de Woody Allen, vocalizan impecable, beben agua como si bebieran champán y piden continuamente disculpas antes de rebatirte dándote la razón. 

Este yanqui se llama Kenneth J. Foster, ha dedicado su vida a la programación de artes escénicas en diferentes poblaciones americanas y está muy orgulloso de que una mujer opte por vez primera en doscientos años a la presidencia de los Estados Unidos de América.  

Contrariamente a lo que se espera de un yanqui relacionado con el teatro, en tres días no ha mencionado para nada el marketing, las posiciones de marca ni toda esa palabrería mercadotécnica tan propia de la industria universal del "entertainment".  

Por el contrario, su discurso se encauzó hacia el trabajo con la comunidad, el cuestionamiento del éxito artístico basado únicamente en lo numérico y el trascendente papel del arte como vehículo de intervención social en tiempos tan críticos como los que vivimos. 

Su labor pedagógica discurrió no por los caminos del comercio y los balances contables, sí por las también complicadas veredas de la complicidad, del tejido humano, de la mirada atenta a la cercanía en tiempos de globalidades. 

Por el defecto mental que uno arrastra, acabo intentando trasladar las enseñanzas del yanqui a la realidad de esta Comarca Ensimismada en la que vivo, tan falta de pulso, tan carente de estrategias, tan desprovista de liderazgo y de masa social activa. Tan necesitada de una visión, de una imagen conceptual, idealista pero convincente, sobre el futuro que deseamos. Tan obligada a imaginarse a sí misma en un contexto cambiante en el que sólo la creatividad aplicada a todos los campos  de la economía y la cultura será capaz de aportar una hoja de ruta mínimamente viable.

Quiero pensar que nuestra tierra tiene futuro pero, aún ignorando todo lo que va a suceder mañana, estoy seguro de que ese futuro poco tendrá que ver con el modelo sobre el que ha pivotado nuestra forma de vida en los últimos cien años. Un modelo cuya ya larga agonía está lastrando en exceso el nacimiento de nuevos ritmos, de diferentes objetivos, de distintos valores sobre los que fijar la convivencia.

Son cosas que uno piensa después de pasar tres días con un yanqui.

COMO LAS VACAS AL TREN; El Día de León (12, junio, 2016)

sábado, 22 de febrero de 2014

Sin Bergman, camino Soria


La provincia entera sufre el estruendo
silencioso del cerrado por derribo
EL mundo se desmorona y nosotros nos enamoramos. Se lo decía Ilsa a Rick en aquella película lejana en la que un Bogart más cínico que nunca se reconocía enamorado de una Bergman nunca más bella, en una ciudad de cartón piedra por la que se movían golfos, perdedores y nazis. 

Casablanca era el relato de unos seres atrapados en el bucle dramático de la historia. Por aquel plató, que reproducía un decorado con abundante exotismo de manual, pululaban personajes mezquinos, comerciantes de miserias y aprovechados de medio pelo. También camaleones con una enorme capacidad de adaptación, pragmáticos con corazón de hielo y héroes idealistas dispuestos a poner su pellejo en juego para cambiar el estado de cosas.

Ahora el mundo, nuestro mundo, se desmorona y ni siquiera tenemos la posibilidad de enamorarnos de una mujer como la Bergman y decirle que recordamos cada detalle del día en que nos conocimos: Los alemanes iban de gris. Tú ibas de azul

No tenemos guionistas a la altura de las circunstancias y las grandes réplicas las escriben ahora viajantes de stand-up comedy. Y aunque sin profesionales al frente de la dramaturgia, por nuestra Casablanca circula el mismo catálogo de personajes que en aquella producción destinada a engrosar el engranaje industrial cinematográfico tocada por la mano del ángel de la suerte. Igual de canallas, igual de indignos, igual de corruptos.

Se desmoronan nuestras ciudades. Se vienen abajo nuestros pueblos y nuestras comarcas. La provincia entera sufre el estruendo silencioso del cerrado por derribo con el que el destino escrito por los mercaderes nos ha castigado. Camina León con paso firme a convertirse en la Soria del noroeste, mancomunada con los geriátricos sociales que nos rodean por todos los puntos cardinales. 

Aquella insistente comparación reivindicativa del bercianismo de Tarsicio Carballo, empeñado históricamente en cotejar los servicios sorianos con los del Bierzo, ha acabado convirtiéndose en el mapa de nuestro futuro pero a escala provincial. Vamos camino de ser el espacio residual, envejecido, pobre y pensionado de los países situados en el cuadrante noroccidental de la península.

Seremos el lugar apto para la añoranza pastoril, una mancha de humedad en los mapas de la desolación, habitados por juglares amantes del ripio en consonante. Rapsodas que escribirán romances al menosprecio de corte y la alabanza de aldea y montarán para los turistas, ávidos del exotismo que arrojan los lugares arruinados, reconstrucciones historicistas y mortecinas veladas en tabernas en las que nunca se sentarán Ilsa ni Rick para darse réplicas, escritas como las de Casablanca

Vamos camino Soria. Y en ese lugar no hay lugar para seres complejos como los de Bogart o Bergman.

Fronterizos. Diario de León (22, febrero, 2014)

jueves, 2 de enero de 2014

Los apuntes de Don Ramón

De como podría haber visto Don Ramón las cosas que
pasan en el Bierzo...

LE dieron permiso en el cielo de los agnósticos a Don Ramón María. Un tiempo breve que el de las barbas de chivo usó en recorrer el país que dejó poco antes de que volviesen sus gentes a la inveterada costumbre de resolver con sangre las disputas de la convivencia.

Observó discretamente y tomó abundantes apuntes el de Arosa. Camino de su pueblo, no sabemos si olvidadas, un puñado de notas dejó bajo un chambergo, en una taberna cercana al puente sobre el Meruelo de Molinaseca.

Cruzando León, setenta años después de aquel pleito con la leonesa que tan caro me salió. Tierra cativa entonces. Pobre, clerical y carcunda. También revirada y altiva. Hay radical novedad en lo tocante al ornato de los pueblos, no siempre afortunada. En lo demás, no parecen haber cambiado mucho las cosas.

Bajando al valle del Sil, que gira aquí para fabricar nieblas en mi Galicia. Territorio propicio para los prodigios. Oigo que por aquí anduvo un cardenal alemán ahora muy mentado. Años antes de ser Papa ya firmaba como Benedicto XVI. Asombro sin fundamento cuando se compara con el tesoro perdido en el muy noble pueblo de Villar de los Barrios: una carta autógrafa de Teresa de Ahumada, nada menos. De su autenticidad da fe la firma manuscrita con la rotunda rúbrica de Santa Teresa de Jesús. Enigmas de estos valles en los que las gentes se ven en futuro.

Más tarde. Continúan los portentos. Cuentan los periódicos, ahora con más ilustración que léxico, de los extraños sucesos ocurridos con unos cuantos miles de toneladas de carbón. Menguó milagrosamente el mineral hasta la desaparición a causa, dicen, del merme natural por las circunstancias climatológicas. Pánico debe dar esta parte del país cuando se pone a llover arrastrando carbón hacia Dios sabe dónde.

Todavía más tarde. El carbón no sólo abrevia por el viento y la lluvia. Parece que hay quien imita al Señor en la montaña y capaz es de vender dos veces la misma partida. Nación maravillosa esta, sin duda.

Tardísimo. Atribulado por la situación decadente del país. Más sucesos inexplicables: en 1929 se tiraban por las ventanas los especuladores arruinados. Ahora son otros muy diferentes los que se quitan la vida mientras los autores de la zalagarda huyen con el botín. Humea el fondo de reptiles, no dan abasto los tribunales, gobierno y oposición gritan sin que los oiga la calle, el busto del Estado se tambalea, se barajan titulares en los diarios de provincias. Max Estrella vuelve a reprochar a Serafín el Bonito su desconocimiento de la historia moderna.

Acabado el permiso, Don Ramón ha vuelto a su parcela celestial. Se ha encerrado con papel y pluma. Alguien ha leído la primera frase de su nueva corte de los milagros: “la Sota de Oros campea por encima del Caballo de Espadas”

Fronterizos. Diario de León (15, febrero, 2013)

domingo, 29 de diciembre de 2013

Los visionarios del Cúa


Antonio Guerra, un industrial berciano
con visión de futuro

LA historia de la familia Guerra y de su impulso al desarrollo de la industria vinícola berciana ya ha sido contada por los historiadores, pero está poco explotada por la literatura, salvo en los apuntes de su primo lejano, Raúl Guerra Garrido. 

Detrás de esa marca habría por lo menos una novela que combinaría la épica empresarial con el tono moralizante del auge y caída de un visionario en una pequeña villa de provincias como Cacabelos, convertida en un Macondo del noroeste en el que lo mismo se inventa la cuadratura del círculo que se desafía con chulería rural al poderío de una multinacional.

En la primera mitad del siglo pasado, un industrial con visión de futuro llamado Antonio Guerra fue capaz de entender el potencial del vino berciano mucho antes de que se inventaran las denominaciones de origen, las bodegas de diseño arquitectónico, el turismo enológico y la poética de las contraetiquetas. 

Aplicando novedosas técnicas de marketing cuando probablemente no se había inventado ni siquiera ese término, Guerra, como el gitano Melquiades del relato de Márquez, mostró al mundo las virtudes de los caldos nacidos al pie del Camino de Santiago, en las colinas soleadas que esconden tesoros romanos y visigóticos.

Dicen que el primer rótulo luminoso instalado en la Puerta del Sol anunciaba Vinos Guerra, antes de que el cartel de Tío Pepe peligrara por la invasión del inventor de Apple. Todavía se conservan discos de 78 revoluciones por minuto con grabaciones de jingles que anunciaban a ritmo de pasodoble el anís Bergidum Guerra cuando nadie en este país triste había imaginado que se pudiera vender un desayuno con una canción pegadiza.

Pero su mayor éxito fue también el origen del desastre. Guerra comercializó un refresco llamado ColaYork que puso en jaque a la todopoderosa industria norteamericana de la burbuja. Un ejército de abogados de la Coca Cola cayó sobre el inquieto industrial cacabelense, al que acusaron de plagiar la fórmula celosamente guardada en una caja fuerte en Atlanta. El imperio del visionario del Cúa se vino abajo.

La historia tiene todavía su epílogo. La decadencia coincidió con la aparición de un heredero vivales cuyas aventuras dan para otro volumen del género picaresco que haría las delicias de Eduardo Mendoza. La pista familiar se pierde en una isla del Caribe donde un descendiente del visionario lee el futuro en el tarot para una televisión local.

Ahora se ha sabido que Bolivia anuncia el fin de la Coca-Cola el próximo 21 de diciembre, en una decisión en sintonía con los arcanos del calendario maya que festejará nada menos que “el fin del capitalismo”. Antonio Guerra aplaudirá el momento desde la parcela celestial reservada a los visionarios del Cúa.

Fronterizos. Diario de León (3, agosto, 2012)